sábado, 21 de mayo de 2016

Sonamos: Macri se puso los pantalones, por Carlos M. Reymundo Roberts

Sonamos: Macri se puso 

los pantalones


por Carlos M. Reymundo Roberts

Carlos M. Reymundo Roberts

Cuidado. Macri podría estar convirtiendo la saga de la ley antidespidos en un hito que divida su presidencia en dos. Si gracias al veto que anunció ayer -con la boca grande, gritándolo, orgulloso- consigue revertir lo que parecía un duro traspié, hay que empezar a tomárselo en serio. Cargarse al Congreso y a los gremios es una prueba fuerte de carácter, y el tipo se la está bancando muy bien. Por momentos hasta parece un presidente. Mientras tanto, el espectáculo que estamos dando en las filas del campo popular es patético. Peronistas contra peronistas, peronistas contra kirchneristas, kirchneristas contra kirchneristas, kirchneristas contra ex kirchneristas... ¡Basta! Ése no es el espíritu amigable y contemporizador que nos legaron Néstor y Cristina. Y como acabamos de dejar el poder, da la impresión de que nos peleamos porque ya no tenemos una caja que nos discipline. El General dijo que "para un peronista no hay nada mejor que otro peronista", y no que "para un peronista no hay nada mejor que un peronista con chequera".

La pelea que más me afligió fue, esta semana, la de Aníbal Fernández con Julián Domínguez, por el cariño que les tengo a los dos. Con Aníbal -quizás algunos lo recuerden- tuve un comienzo de relación tempestuoso. En julio de 2011 desmintió una de estas columnas y me trató de mentiroso y sinvergüenza. Me costó superarlo. A nadie se le escapa lo que significa semejante acusación en boca de alguien tan creíble y querible como La Morsa. Pero bueno, lo hablamos, hicimos las paces y desde entonces he aprendido a valorar sus extraordinarios aportes a la seriedad y transparencia de la política.

De Domínguez aprecio su multiplicidad de perfiles, atributo nada despreciable en el PJ y, en general, en esta profesión. Como que no hay un solo Julián, sino varios. Ahora se pudrió todo porque uno de esos Julianes acusó a Aníbal de haberle choreado votos cuando compitieron por la candidatura a gobernador de Buenos Aires, el año pasado. Apartándose de la línea moderada de la que ha hecho un culto, Aníbal respondió que Domínguez "además de traidor es un idiota". Bueno, bueno, bueno. Traidor, vaya y pase. Pero idiota suena duro. Aníbal era el candidato de Cristina, la gran apuesta para derrotar a la Vidal, y probablemente quiso decir que si robó votos lo hizo "para la corona". Y que sólo un idiota no se da cuenta de eso. En cualquier caso, los invito a ambos a reflexionar. Puede entenderse una pelea por espacios de poder o, más todavía, por dinero. Pero desde cuándo el fraude elec-toral es piedra de escándalo entre los soldados de Perón.

Otro choque espantoso, aunque no público, fue el de Héctor Recalde, jefe de nuestro bloque en Diputados, y Miguel Pichetto, jefe en el Senado de un bloque que hasta diciembre era nuestro; hoy responde a los gobernadores, que responden a las necesidades de la caja, y que cuando los llaman desde Santa Cruz ya no responden. La cumbre se hizo el martes para hablar sobre la ley antidespidos. Hasta la foto, digamos que más o menos bien, salvo la caripela de Pichetto, que parecía el emoticón de la contrariedad. Cuando se quedaron a solas tembló el despacho. No podía haber entendimiento alguno entre dos personas que han tomado caminos tan distintos. Recalde milita en las filas de la lealtad y la resistencia: sigue reportando a Cristina. Pichetto dice que está feliz de haber recobrado "la libertad de pensamiento", verdadera injusticia porque da a entender que en el gobierno anterior lo obligaban a aprobar los proyectos a libro cerrado. Un ex presidente peronista me dijo este verano que "a Miguel le encantaría ser ministro del Interior de Macri". No puedo ni quiero creerlo. Lo cierto es que la reunión con Recalde fue un desastre: cero onda, cero feeling, cero acuerdo. A Pichetto lo damos por perdido para la causa. A Recalde le agradecemos la dignidad con la que asiste, desde el puente de mando, a la deriva del Titanic.

El tercer cruce de la semana, también muy triste, se dio entre Brancatelli y Bossio en Intratables. El único culpable es Bossio. Ya sé que huyó despavorido apenas cambió el gobierno, pero debería ser más respetuoso con alguien que, como él mismo, tiene una larga militancia en la sumisión al relato. Además, Brancatelli, un chico intelectualmente austero, nunca tuvo miedo de decir lo que piensa (y nunca se para a pensar lo que dice). "Mi límite sos vos y es La Cámpora", le tiró Bossio. Hay mucha crueldad en eso: La Cámpora equiparada con Brancatelli.

Ojo, porque lo de las disputas puede ser contagioso. Imagínense si esto crece y de pronto vemos que el virus de la discordia se instala en el seno de nuestra fuerza. Imagínense que, en medio de este carnaval de investigaciones judiciales, empiezan a hablar De Vido, Zannini, Echegaray, Boudou, los Báez, Cristóbal López, todos tratando de salvarse, todos contra todos. Compañeros, compañeras, la consigna es clara: la energía que gastamos en confrontar debemos usarla para resistir a Macri. Pongamos el grito en el cielo por la inflación, corrupción, pobreza, desempleo, inseguridad, narcotráfico...

Perdón, acabo de revisar la lista. Mejor sigamos peleándonos entre nosotros.

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