sábado, 14 de mayo de 2016

Ladrones con la máscara del Che Guevara/ La columna de Lanata

Ladrones con la máscara 

del Che Guevara


La columna de Lanata

En noviembre del año pasado, dos días después de la detención de los veintiún empresarios, Dilma Rousseff dijo lo que los americanos llamarían sus famous last words (famosas últimas palabras): “Esto podría cambiar Brasil para siempre”. La Operación Lava Jato comenzó en julio de 2013, cuando la Policía descubrió una mediana red de lavado que operaba en Brasilia y San Pablo. El tema llegó al gran público en marzo de 2014 con la detención de veinticuatro personas en distintos Estados.El sistema de “delación premiada” permitió entonces que hablara Paulo Roberto Costa, ex director de Abastecimiento de Petrobras. A Costa se le sumaron once “delatores premiados”. Hubo 279 procedimientos y se investigaron, hasta ahora, a 150 personas y 232 empresas.Dilma Rousseff presidió el Consejo de Administración entre 2003 y 2010, cuando se aprobaron y ejecutaron algunas de las operaciones más escandalosas, entre ellas la compra, en 2006, de una refinería en Pasadena por un precio cuarenta y siete vece superior al que había desembolsado dos años antes, en 2004, la empresa belga Astra Oil. Cuatro empresas: UTC, Mendes Junior,Engevix y Galvao Engenharia han responsabilizado a Dilma de controlar ese “club” desde Petrobras para comprar voluntades políticas. El coima-ducto de Petrobras trasladó entre cuatro y ocho mil millones de dólares. ¿Alguien podría decir, seriamente, que Dilma no estaba al tanto?
Hablábamos, semanas atrás, de los “chorros con las máscaras del Che Guevara”. Cristina Kirchner y Dilma Rousseff no son tan distintas: esta semana la suspendida presidente de Brasil politizó su problema judicial: se escondió bajo la denuncia de un golpe de Estado, como Cristina se victimizó por Bonadio en Comodoro Py. Las dos fueron cínicas en el ejercicio del poder y, para ser justos, los resultados del tándem Lula-Dilma a nivel social fueron superiores a los “logros” de los K. Pero, como sucedió entre Néstor y Cristina Kirchner, en el período de Lula y Dilma, a Dilma le tocó el ocaso del relato: en 2010, último año del gobierno de Lula, terminaba en Brasil la autodenominada “Década de la inclusión”: se redujo en un 45% el número de pobres, y en un 47% el de indigentes. Pero a fines de 2015 el dólar batía récords históricos y la inflación volvía a los niveles del gobierno de Fernando Henrique Cardoso. La crisis ayudó a correr un velo histórico: Brasil era el país de los BRIC, pero también el país de la corrupción institucional: nadie denunciaba al otro bajo riesgo de ser él mismo descubierto. Hoy, 32 de los 81 senadores y 164 de los 513 diputados están sometidos a procesos judiciales por motivos que van desde el asesinato al fraude en la administración. Pueden consultarse todos los imputados en la página de Transparencia Brasil, www. excelencias.org.br El delito por el que Dilma pierde la presidencia es menor: haber ampliado el Presupuesto público sin pasar por el Congreso. ¿Lo habrán elegido los legisladores porque, de ventilar los otros, serían un perro mordiéndose la cola?
Aunque Dilma y Lula fueran acusados por Jack el Destripador, eso no los vuelve inocentes. Le tocará a la Justicia y a la sociedad brasileña lograr que sean inocentes quienes acusen a los culpables. Y lo que sucede está bien lejos de ser un golpe de Estado; es, en verdad, una prueba para la democracia brasileña: un poder enjuiciando al otro. Hay, claro, traiciones, personajes siniestros, puñaladas en la espalda y funcionarios impunes. Sucede que hay personas, y algo de Shakespeare duerme en cada uno. ¿Serán capaces de hacer justicia? Y si la hicieran, ¿servirá al futuro del país? Hay quienes recuerdan el Mani Pulite italiano con melancolía, otros lo hacen con admiración: lo cierto es que después de casi tres mil detenidos hubo partidos que desaparecieron: la Democracia Cristiana (que fue el principal partido gobernante en Italia en la posguerra, estuvo siempre en el gobierno desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta 1993), el Partido Socialista (su principal referente, Bettino Craxi, para no ir a la cárcel se fugó a Túnez, donde murió en el 2000) y también desaparecieron el Partido Liberal, el Partido Socialdemocrático (PSDI) y el Partido Republicano. Pero lo que llegó fue Berlusconi. En todos los casos la opinión pública fue determinante: nunca perdonó a los que robaban con la máscara del Che Guevara, los juzgó con más dureza incluso que a la derecha conservadora. Habían despertado en ellos la ilusión de un cambio y no estuvieron a la altura de las circunstancias.

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