domingo, 29 de mayo de 2016

El error de no hacer política con Francisco, por Jorge Fernández Díaz

El error de no hacer política con Francisco

por Jorge Fernández Díaz

"La experiencia no tiene ningún valor ético -decía Wilde-, es simplemente el nombre que les damos a nuestros errores." El macrismo, en su breve experiencia nacional, comete algunos errores tácticos no especialmente originales: Néstor Kirchner también dedujo que Bergoglio estaba vertebrando a toda la oposición, sólo que la respuesta a esa conjura fue la hostilidad y no la indiferencia. Alguien convenció hace cuatro meses a Mauricio Macri de que resultaría mejor la lejanía y a lo sumo el frío protocolo que el acercamiento y la oreja. Francisco, por lo contrario, quiere llamados telefónicos, consultas, largas conversaciones mano a mano en Santa Marta, y que la Iglesia nunca jamás deje de ser un factor político. Durán Barba decretó en la mesa chica que el Papa no tenía peso electoral (preguntar en el domicilio de Aníbal Fernández) y entonces el malentendido quedó firme y sellado. La falta de política con el viejo vecino de Flores, hoy uno de los máximos líderes del planeta, le salió carísima al Gobierno: de sobrepique los vicarios de Pedro denunciaron que el plan de Prat-Gay había creado más de un millón de pobres, y en los últimos 20 días su Iglesia se transformó en el gran partido de vanguardia de los reclamos.

Dentro de la jerarquía eclesiástica local hay de todo, como en el peronismo, y también una cierta autonomía, pero por obvia supervivencia sus principales cuadros no dejan de mirar los gestos del Santo Padre. Que son inequívocos. Francisco transmitió a los obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano su preocupación por "los conflictos sociales, económicos y políticos" de algunos países: la Argentina convive en esa corta lista incendiaria junto con Venezuela (al borde de la hambruna y de una guerra civil) y Brasil (víctima de una crisis institucional sin precedente que destituyó a su presidenta). No hay todavía un informe de daños, pero es indudable que la mención pública de un papa, y encima argentino, no llevará mucho sosiego a los inversores que intentamos seducir para que vengan y generen trabajo. Hay quienes dicen que Bergoglio fue sacado de contexto. Puede ser, pero nadie en todo caso se encargó oficialmente de desmentir el exabrupto.

Otra señal que envió, a través de distintos dirigentes, consistió en declararse secretamente alarmado por el presunto revanchismo (al estilo Revolución Libertadora) que estaría operando en su antigua nación. Este delirio (el Estado sigue plagado de kirchneristas en todos sus niveles) obliga a repensar los pasos que debió dar el nuevo gobierno para no herir la sensibilidad papal. ¿Debió abstenerse Macri de despedir a los militantes de la Operación Copamiento y a los vergonzosos ñoquis que fueron conchabados a última hora? ¿Debió mantener el cepo judicial para que los jerarcas cristinistas no fueran imputados? ¿Debió impedir que la justicia federal indagara los negocios turbios de Milagro Sala? ¿Debió ocultar la herencia recibida y no remover los obscenos símbolos del culto a la personalidad? Sería interesante ver la reacción de la opinión pública si algún delfín de Bergoglio diera por fin la cara y repudiase en público lo que critican en privado.

De todas maneras, nobleza obliga: a pesar de que el rector de la UCA tiene simpatías por el kirchnerismo, el informe del Barómetro de la Deuda Social es un documento objetivo, medular e irrefutable. Tanto en sus advertencias sobre la economía oficial (desatención de 3.500.000 personas que no registra el radar y razonables dudas sobre el efecto derrame) como también en su descripción de la irresponsabilidad manifiesta de la Pasionaria del Calafate y su paladín neokeynesiano. Varios mercenarios militantes (una mutación de gran éxito en los medios creados por el capitalismo de amigos) pasaron de la agresividad de ataño contra ese mismo informe a su utilización parcial para lapidar al nuevo presidente. El texto de Agustín Salvia comienza significativamente con una frase dedicada a todos ellos: "El gobierno anterior nunca acompañó diagnósticos que dieran malas noticias". A continuación habla de la performance de Cristina y del joven Axel: "Nadie puede negar que hace un lustro la economía está estancada en materia de inversión y crecimiento, sin creación de nuevos empleos, y sometida a un desgastante proceso inflacionario, un generalizado desorden macroeconómico y un insostenible déficit fiscal. El final relativamente febril en materia de consumo, protección y estabilidad social del último período fue posible en la medida en que se desplazaban desequilibrios, esquivaban deudas y traspasaban vencimientos. El gobierno saliente fue dilapidando activos financieros, productivos, energéticos, ambientales, sociales, intelectuales y políticos para mantener un clima de fiesta". Ahora sólo falta que Hebe de Bonafini, a quien Francisco acaba de obsequiar con una tribuna mundial para el resentimiento, lo lea en detalle.

El error de cálculo con el Vaticano (total el Papa no trae votos) se emparenta con otras pifiadas teóricas más terrenales: el peronismo está obsoleto y dividido, y no merece un acuerdo integral, el radicalismo es parte de "la política tradicional", y los elegidos no se inscriben en ninguna tradición: somos el siglo XXI. Puede que este último razonamiento no sea errado; el problema es que los tigres al acecho de esta jungla peligrosa pertenecen todavía al siglo XX, tienen los dientes afiladísimos y no se han anoticiado de que ahora somos vegetarianos: quieren carne. A la hora de la autopercepción, hay una tendencia a suponer dos o tres cosas que no sucedieron: no ganaron en primera vuelta ni por el 54% de los votos, y éste no es el gobierno de Pro sino de Cambiemos. La primera cuestión sume al oficialismo en un continuo thriller parlamentario y de bruscas y altísimas fiebres que sólo logra calmar con el antibiótico de los fondos públicos, para sufrimiento de los nervios de la sociedad y del ya castigado déficit de caja. La segunda cuestión confirma que son un partido atrapado en el cuerpo de una coalición, y que ese traje les chinga, los aprieta y los incomoda. Nadie, ni siquiera quien representaba únicamente a su propia fuerza política, estuvo a salvo de esta clase de jugadas que al fin resultaron espejismos. Alfonsín se rodeó de "lo nuevo" (la Coordinadora) contra "lo viejo": el partido anquilosado y alvearista. Menem se rodeó de "lo nuevo" (los neoliberales) contra "lo viejo": los peronistas que se quedaron en el 45. Néstor se rodeó de "lo nuevo" (la transversalidad) contra "lo viejo": el pejotismo. Cristina se rodeó de "lo nuevo" (La Cámpora) contra el caciquismo justicialista. Y Macri, a pesar de considerarse un animal extraño en el zoológico de la política argentina, no es una excepción: también él parece necesitar una elite propia de "lo nuevo" que clausure el pasado de sus socios y rivales, y lo acompañe en la cabina de mandos. La falsa épica de la ultramodernidad contra la naftalina entraña una gran tentación, pero también un enorme riesgo: es muy fácil encapsularse y tomar cualquier consejo de la crónica histórica como un reflejo de lo vetusto. El Pacto del Bicentenario fracasó, los peronistas aguardan con sus celadas y mangazos, y los radicales están más calientes que una pipa. Tal vez para esta elite, ya algunos articulistas veteranos también formemos parte de "lo viejo". No es posible refutar por ahora esta afirmación. Pero sí recordar lo que decía sir Laurence Olivier: "La experiencia es algo que no consigues hasta justo después de necesitarla".

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