sábado, 23 de abril de 2016

Las drogas, y la única pregunta clave: ¿por qué las tomamos?/ La columna de Lanata

Las drogas, y la única pregunta clave: ¿por qué las tomamos?


La columna de Lanata

El 20 de mayo de 1616, el gobernador de Buenos Aires, Hernando Arias de Saavedra, publicó un bando prohibiendo la yerba mate. “Sugestión clara del demonio”, “vicio abominable y sucio que hace a los hombres holgazanes”. Los indios “jalaban” el mate como hoy se jala la cocaína; llevaban las hojas de yerba triturada y tostada. Durante la prohibición los españoles comenzaron a hacer lo propio y el combate contra el yerbatráfico concluyó cuando los jesuitas ingresaron al negocio instalando cultivos en las reducciones. En el Perú de los incas las hojas de coca eran un premio reservado sólo a los miembros de la Corte. En la Roma anterior al Imperio sólo podían tomar vino los mayores de treinta años; en Rusia beber café fue, durante más de medio siglo, un crimen castigado con tortura y mutilación de las orejas, y fumar tabaco se consideró excomunión entre los católicos, y se condenaba con desmembramiento en Turquía y Persia. En Buenos Aires, el Museo de la Ciudad aún conserva, en su botica, frascos de cocaína –era utilizada por los dentistas como anestesia– con la etiqueta de los Laboratorios Merck, lo que terminó bautizando “merca” al producto en el lenguaje coloquial.
A esta altura es una obviedad decir que la historia de las drogas se mezcla con la de la economía y la cultura: cada sociedad elegirá demonizar cada cosa. El trabajo más serio escrito en el mundo sobre el tema es Historia General de las Drogas, publicado en 1998 por el profesor español Antonio Escohotado. Allí describe lo bueno y lo malo de cada una, su historia, y ayuda a disipar los mitos. La muerte reciente de cinco chicos en Costa Salguero volvió a poner a full el motor de la hipocresía social; manos golpeándose el pecho, o dedos señalando responsables en medio de una enfermedad con la que convivimos a diario. El sentido común –como en tantos otros casos– parece no servir para esta discusión: la mejor manera de combatir las drogas es preguntándonos qué lleva a las personas a consumirlas. El problema de encontrar esta respuesta es que abarca al gerente que se toma tres whiskies de más, a la señora que duerme con su Lexotanil, al chico que vive frente a la pantalla, al fumador, a todos los que a diario intentamos, en vano, escapar del vacío. Una escena posible: el papá que juega en el casino y la mamá que toma ansiolíticos instan al nene a no fumarse un porro. Se dirá, entonces, que todo es cuestión de medida; puede ser, pero el estereotipo de “medida” excluye, en ese caso, a las drogas demonizadas por el sistema. Escohotado, como buen científico, consumió todas las drogas que describe (como lo hizo Freud en sus “Escritos sobre la cocaína”, o los poetas beatniks de los 60). 
Por qué algunas personas se drogan con marihuana y otras con la televisión, es una pregunta de una generalización imposible. Deberemos reducirnos a la experiencia personal: yo tomé cocaína entre los treinta y los cuarenta años, luego quise dejarla, hice un tratamiento y nunca más volví a drogarme. Tengo mi pequeña teoría: algunas personas somos más débiles para soportar el mundo, nos cuesta más, nos duele más y lo acolchamos con sustancias que nos permiten salirnos de él. Sé que las drogas hacen mal y no le recomendaría a nadie que se drogue, pero también sé que no puedo hacer, en lo personal, nada para evitarlo, incluso con mis hijas. Me pondría inmensamente triste que lo hicieran, pero espero haberlas educado para que sepan cómo salir de ahí. En estos días mi generación asistió a una discusión pública entre Pergolini y Petinatto. Mario sostuvo que “no es la música, no es la fiesta electrónica”, y Roberto dijo “¿El cine viene con pochoclos? Bueno, la música electrónica viene con pastillas”. Los dos están hablando de buena fe, pero creo que le asiste razón a Petinatto, aunque ahí caigo en un precipicio generacional: me dicen que, de algún modo, las pastillas “completan” la experiencia de la música electrónica. Si esto es así, estamos en un problema. 
En esta enumeración falta un dato: la inmensa mayoría de las muertes por drogas no se produce por sobredosis; se debe a lo que se llama “el corte”. ¿Qué es el corte? La interminable lista de porquerías químicas que los narcos le agregan a la droga pura para estirar su rendimiento. ¿Y si todas las drogas –estas y las legales– se vendieran en las farmacias controladas por el Estado? ¿Creen sinceramente que existe un problema de acceso? ¿Alguien cree que es difícil conseguir cualquier droga en esta ciudad o en cualquier otra? En un punto recuerda a la cándida discusión cuando, en los ochenta, se aprobó el divorcio. Quienes se oponían lo hacían convencidos de que eso iba a terminar con millones de familias felices separadas. 
La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) subraya que el mercado de cocaína y cannabis se ha reducido, pero va en un importante aumento el de los estimulantes sintéticos, con la aparición de centenares de nuevos estupefacientes. El consumo mundial de drogas continúa, según ANUDD, estable en el 5% de la población adulta. “La despenalización puede ser una forma eficaz de descongestionar las cárceles, redistribuir recursos para asignarlos al tratamiento y facilitar la rehabilitación”, dice en su último informe de 22 páginas. En estos días la ministra de Salud de la Ciudad de Buenos Aires, Ana María Bou Pérez tuvo una de las actitudes más inteligentes respecto al tema: “Es una discusión que todavía no se dio en el país, dijo. En otras sociedades hay ONG que controlan la pureza de los comprimidos antes de entrar a este tipo de fiestas”. La Comisión Global de Políticas de Drogas (www.globalcommissionondrugs.org) sostiene puntos de vista similares; la forman Paul Volcker (ex titular de la Reserva Federal de USA), Ruth Dreifuss (ex presidente suiza), Richard Brandson (fundador de Virgin), Ricardo Lagos (ex presidente de Chile), Olesegun Obasanjo (ex presidente de Nigeria), Nick Clegg (diputado británico), Mario Vargas Llosa (Premio Nóbel de Literatura), Louis Arbour (ex Alto Comisionado de la ONU en Derechos Humanos), Kofi Anan (ex secretario general de la ONU), Jorge Sampaio (ex presidente de Portugal), Javier Solana (representante de España ante la Comunidad Europea), George Schultz (ex secretario de Estado de Estados Unidos), George Papandreu (ex presidente de Grecia), Fernando Henrique Cardozo (ex presidente de Brasil), Ernesto Zedillo (ex presidente de México), César Gaviria (ex presidente de Colombia), Carlos Fuentes (in-memorian) y Alexander Kwasniewski (ex presidente de Polonia). Uno de los fines que la organización persigue es “Alentar a los gobiernos a que experimenten con modelos de regulación legal de las drogas a fin de socavar el poder del crimen organizado y para salvaguardar la salud”. Los narcos no discuten alrededor del tema: están claramente en contra, verían derrumbarse al negocio más espectacular del siglo.

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