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domingo, 27 de marzo de 2016

La grieta que perdura luego de Obama, por Eduardo van der Kooy y Macri-Obama: el paraíso y la grieta. por Julio Blanck

La grieta que perdura luego de Obama


Trama política
La visita de Barack Obama a la Argentina representó el suceso político más importante para Mauricio Macri desde que llegó al poder. Tres razones podrían explicarlo. La primera, el valor del apoyo del jefe de Estado de una de las dos principales potencias hacia un mandatario recién estrenado. Que conformó una coalición victoriosa alimentada en la sociedad tanto de las simpatías propias como del espanto al kirchnerismo. En suma, que requiere todavía amalgamarse. La segunda, la posibilidad de abrir al presidente argentino en el mundo una visibilidad detrás de la cual está corriendo. Basta recordar su viaje en enero al foro económico de Davos y las recepciones a Francois Hollande, de Francia, y Matteo Renzi, de Italia. La tercera, el efecto que el respaldo de una figura como Obama y su carismática esposa, Michelle, podría provocar en el plano interno para consolidar la autoridad presidencial aún en construcción y la conservación de la expectativa social que generó su ascenso.
Es cierto que a Obama le restan apenas nueve meses en la Casa Blanca. Se lo refrescó a Macri en la rueda de prensa. Pero se sabe que las líneas maestras de las principales naciones no suelen variar con las alteraciones de la política doméstica. Sólo un improbable triunfo de Donald Trump en las próximas elecciones de EE.UU. pondría en jaque esa afirmación. La última década pareció, en ese aspecto, una enseñanza para la Argentina. Los vínculos con Washington se empezaron a estropear en 2005 con el republicano George Bush. La llegada de Obama allá y de Cristina Fernández acá no repararon nada. Un interrogante brotaría de modo natural: ¿cuándo nuestro país sería capaz de mantener vínculos normales –no carnales– con EE.UU., si no logró tenerlos por tanto tiempo con un mandatario demócrata, el primero de la historia negro y con antepasados africanos?
Todo aquel paisaje de agradables simbolismos políticos no debería, sin embargo, tapar la realidad. Aquel apoyo de Obama habrá que traducirlo en beneficio para los intereses argentinos. “El verdadero trabajo empieza ahora”, ilustró el embajador en Washington, Martín Lousteau. El primer objetivo de la gestión del gobierno macrista también recibió un guiño auspicioso. El jefe de la Casa Blanca consideró constructivo el plan de Macri y de su ministro Alfonso Prat-Gay para alcanzar un acuerdo con los fondos buitre. De inmediato, su administración pidió a la Cámara de Apelaciones de Nueva York que levante el bloqueo a la Argentina para desmalezar el tránsito. Ese Tribunal posee plazos lerdos. El Gobierno obtuvo el aval de Diputados. Se encamina esta semana a lograr la aprobación en el Senado. Tuvo en una Cámara la eficacia de Emilio Monzó, el jefe de Diputados. En la otra fueron determinantes Gabriela Michetti y Federico Pinedo.
Tal progreso hubiera resultado imposible sin la buena voluntad de una parte del Frente para la Victoria. Allí los peronistas parecen diferenciarse cada vez más del kirchnerismo. Se notó con la nutrida participación de dirigentes de ese palo durante la visita de Obama. Varios de los cuales habían acompañado a Cristina sin chistar en su enfado con Washington. Nuevas peleas se avecinarían en el Congreso.
Algunas de ellas podrían rozar nervios sensibles de Cristina. La Comisión Bicameral promete dedicarse al nombramiento de tres representantes que faltan en la Auditoría General de la Nación (AGN). Es la que conduce Ricardo Echegaray, el ex titular de la AFIP. Que a medida que se destapan las ollas de la última década asoma con sospechas de complicidad en la monumental deuda impositiva de Cristóbal López y el lavado de dinero de Lázaro Báez. Se trata del par de empresarios que constituyen la columna maestra del poder económico K. El mandamás de la AGN cometió otro serio error. Modificó de manera inconsulta el reglamento interno del organismo para intentar investigar ahora decisiones de Macri –hasta el acuerdo con los fondos buitre– y enterrar para siempre el último año de Cristina. Esa maniobra fue tumbada por los auditores que están en funciones.
Recién se comprende mejor aquel apuro de Cristina cuando en el epílogo de su mandato designó dos auditores camporistas (Juan Forlón y Julián Alvarez) para que apuntalaran a Echegaray. La decisión fue suspendida por un fallo de la Justicia. Al oficialismo le corresponde siempre uno de aquellos auditores y a la oposición dos. La ex presidenta designó dos cuando era oficialista. Una mala picardía. El PRO pretendería que uno de esos cargos opositores le toque al Frente Renovador. Las negociaciones marchan con Sergio Massa.
No serían las únicas. También el peronismo se habría sumado a las conversaciones para evaluar la permanencia o no de Echegaray al mando de la AGN. El ex titular de la AFIP soporta un cascoteo con denuncias. Lo sabe e intenta tomar distancia: de allí su súbito presagio acerca de que Báez podría terminar preso. También Alicia Kirchner anotició tardíamente que el empresario K nunca habría sido socio de la familia. El mecanismo de relevo de Echegaray sería menos complejo de lo imaginado aunque requiere de una condición insalvable: el aval de la conducción opositora. El peronismo tiene previsto renovar autoridades en mayo. Habrá que ver si puede hacerlo envuelto por la tormenta. Siempre sobrevuela el fantasma de una posible intervención.
La señal de Obama a favor del acuerdo con los fondos buitre fue una de las cuestiones que Susana Malcorra le había anticipado a Macri. También el primer resultado pequeño pero tangible de la visita: el inicio del largo trámite para el levantamiento de la visa a los argentinos que viajen a EE.UU. Junto con la eliminación de la tasa de reciprocidad ( US$ 180) que abonan los estadounidenses para ingresar a nuestro país. La canciller se estaría revelando como otra pieza clave del Gabinete. El diseño de la visita de Obama, en la que tuvo muchísimo que ver, cuidó todos los detalles. Hasta la idea de que el jefe de la Casa Blanca pasara sus últimas horas en Bariloche, alejado de las marchas masivas de repudio por los 40 años del golpe militar de 1976.
En la cuestión de los derechos humanos, otro eje de la agenda bilateral, habría quedado al final un sabor inconcluso. El Gobierno negoció con tacto el cambio de la visita de Obama prevista inicialmente a la ESMA por un homenaje a las víctimas de la dictadura en el Parque de la Memoria. Fue cuando pronunció el impactante “Nunca Mas”, como condena explícita al terrorismo de Estado. El giro no resultó suficiente para que el cuadro pudiera completarse. No participaron de ninguna ceremonia las organizaciones de derechos humanos.
En esas filas no se habría terminado de procesar el cambio de época política. Pesarían mucho los años kirchneristas y el protagonismo adquirido, aún por afuera de los temas específicos. Algunos pretendieron un mea culpa en nombre de la responsabilidad de EE.UU. por las dictaduras en América latina que Obama no estaba en condiciones de asumir. Hizo lo que pudo y no fue poco. El anuncio de la desclasificación de los archivos militares y de inteligencia tampoco alcanzó. Los secretos del Departamento de Estado se habían ventilado ya en el 2002.
Tal vez, aunque cueste creerlo, algunos datos de la historia de los años trágicos no constarían para las organizaciones. Junto a Obama estuvo en la delegación Tex Harris, diplomático enviado en 1977 a nuestro país por el ex presidente demócrata James Carter para inspeccionar, en principio, el plan nuclear de los militares. Terminó dedicado a la defensa de los derechos humanos y se enfrentó, en ese campo, a los halcones de Henry Kissinger. Concurrió varias veces a las rondas de los jueves de las Madres de Plaza de Mayo. Distribuyó tarjetas personales para que lo llamaran. Llegó a compilar 13.500 denuncias por desapariciones. Ya retirado, fue condecorado a raíz de esa tarea por Rafael Bielsa, el ex canciller de Néstor Kirchner. Harris, un grandote que hoy orilla los 77 años, recorrió paso a paso el Parque de la Memoria. 
Aquella postura inflexible en los organismos tampoco exhibió unanimidad interna. El CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales) había aceptado concurrir al Parque de la Memoria. La Casa Blanca cursó una invitación para su titular, Horacio Verbitsky. Anticipó que no podía asistir. No hubo otra invitación. Nadie supo explicar por qué razón. Esa situación hizo vacilar a Estela Carlotto, con deseos iniciales de estar presente. Se lo había dicho a Marcos Peña, el jefe de Gabinete, en un encuentro casual en una estación aérea. La habría terminado de apartar la intransigencia de Carlos Pisoni, el titular de HIJOS, y ex funcionario de Cristina. La mujer de Abuelas optó por preservar la unidad de las entidades. Esa pretensión también explicaría cierta desmesura de su mensaje al hablar en el acto de repudio al golpe: “Otra vez somos convocados para defender la democracia”, arengó. Como si la democracia estuviera ahora mismo en peligro. 
Quizás haya sido esa la única grieta visible que dejó el ensayo de Obama por rehacer las relaciones con la Argentina. Habría debajo de ella algo bastante profundo. Reflejaría, a 40 años de producida, la incapacidad de nuestra sociedad para procesar la tragedia sin antinomias insalvables. Para lograr mutarlas, alguna vez, en un punto eterno de encuentro. 


Macri-Obama: el paraíso y la grieta

Escenario

El Gobierno planificó la comunicación de la visita de Barack Obama bajo una premisa futbolera. “Como se patea para asegurar un penal: fuerte y al medio”, explicó Marcos Peña. Esto es, sencillo y sin tomar riesgos innecesarios. El jefe de Gabinete es el comandante supremo de las formas y el fondo de lo que la administración Macri transmite a la opinión pública. La decisión original, dijo, fue “evitar las sobreactuaciones”. Pero los dichos y los hechos de Obama le mezclaron los papeles al prolijito plan argentino. La idea básica que transmitió el presidente norteamericano fue “dígannos cómo los podemos ayudar”. ¿A cuántos les dirá lo mismo?
Obama fue más allá de lo esperado con sus gestos de apoyo personales, políticos y económicos. Sorprendió tanto por la rápida empatía personal que estableció con Macri –en paralelo a la que sus colaboradores anudaron con sus homólogos argentinos– como por la coincidencia en la mirada sobre los temas centrales de la agenda que abordaron. Así, desdibujando la moderación programada y bajo el efecto de la poderosa seducción del matrimonio Obama –Michelle ratificó que es una jugadora de las Grandes Ligas– el propio Macri terminó siendo el comunicador de la euforia oficial. 
La sensación es fácilmente palpable: hoy Macri y su gente se sienten en el Paraíso. Es un bello estado del espíritu, sólo empañado por la constatación de que sus tareas y sus problemas son ferozmente terrenales. 
De cualquier manera, el hecho mismo de la visita y el énfasis puesto por Obama colocan a la Argentina en el lugar del mundo adonde Macri se propuso llevarla. El Presidente nunca ocultó este propósito, mucho menos en la campaña electoral. También para esto lo votó la mayoría del electorado. 
Según Peña, el resultado de estos días fue la “coronación natural” de un largo y hasta acá casi invisible trabajo de acercamiento de la estructura de Macri con el staff político y partidario de Obama. Esto incluyó la generación de espacios de trabajo en común y aprendizaje con su equipo de redes sociales y sistematización informatizada de la campaña, con intermediación y ayuda de altos directivos de Facebook. También cuenta el acercamiento del macrismo con Bill y Hillary Clinton, que este año podrá ser la primera mujer elegida presidente en los EE.UU. Y la proximidad que logró Macri mientras era jefe de Gobierno porteño con Michael Bloomberg, el millonario que se inició en el Partido Demócrata, pasó al Republicano, fue alcalde de Nueva York –cargo que ocupó hasta 2013– y después se transformó en un líder independiente. 
El verdadero cierre de la visita de Obama se produjo casi al mismo tiempo que el Air Force One aterrizaba en la base Andrews en el viaje de regreso desde Ezeiza. La presentación de su gobierno ante la Cámara de Apelaciones de Nueva York, respaldando el acuerdo con los fondos buitre y la salida argentina del default, tiene un espesor político notorio aunque no resulte tan pintoresco como tomar mate, elogiar la belleza de la Patagonia, hablar de Borges y Cortázar, de Messi y Ginobili, o de intentar algunos pasos de tango con Mora Godoy.
Funcionarios de la Casa Rosada apuntan que la visita de Obama es el “final feliz de la primera etapa del gobierno de Mauricio”. Afirman que Washington muestra al Gobierno argentino como “aliado y socio” y que esa plataforma de presentación ante el mundo “puede ayudar mucho” en la tarea de tomar deuda por 12.000 millones de dólares para pagar a los fondos buitre, una vez que se haya aprobado –quizás esta semana– la ley de salida del default. 
Aquí es donde se ingresa en la lectura interna de la visita, y en la forma en que el gobierno de Macri operó para hacer partícipe a la oposición en el derrame de buena onda que provocó Obama.
El momento elegido fue la cena del miércoles en el Centro Cultural Kirchner. Allí hubo una breve recepción privada con Obama y Macri, previa al banquete, a la que podían asistir diez argentinos. Estuvieron la vicepresidenta Gabriela Michetti por el Gobierno; Emilio Monzó, Federico Pinedo y el radical Mario Negri por el oficialismo en el Congreso; Elena Highton y Juan Carlos Maqueda de la Corte Suprema de Justicia y se abrieron cuatro lugares para opositores: Sergio Massa, Margarita Stolbizer, el senador Miguel Pichetto y el diputado José Luis Gioja. 
El gesto tiene al menos dos lecturas. Una, el reconocimiento a Massa y Stolbizer, que operan como aliados parlamentarios del Gobierno sin desdibujar su perfil opositor. Otra, igual o más sustancial, es la búsqueda de consolidar la convivencia con el sector del peronismo dispuesto a dialogar y llegar a acuerdos puntuales. 
Pichetto, jefe del mayoritario bloque de senadores peronistas, es pieza clave para el debate y aprobación de la ley de salida del default. En el dictamen de comisiones el peronismo votó dividido, un día antes de la llegada de Obama. Lo mismo sucederá cuando se debata en el recinto. Eso permitirá la aprobación de la ley a pesar de la oposición del sector que tiene a Cristina como líder. Pichetto es la garantía para que eso suceda sin quiebres irreversibles en el bloque. Así conservará su capacidad de árbitro en el Congreso, en representación del interés de las provincias gobernadas por el peronismo.
Gioja, por su parte, expresa al sector peronista moderado que permanece dentro del bloque del Frente para la Victoria conducido por el cristinismo. Hay allí una tensión latente. “Le tiramos un centro a Gioja” dicen en el Gobierno a propósito de la invitación con Obama, sin ocultar que juegan a fisurar todavía más esa bancada opositora.
Diego Bossio, que encabezó el grupo de diputados que ya rompió con el kirchnerismo, estuvo en las mesas de la cena presidencial. Igual que Juan Manuel Abal Medina, el senador kirchnerista que votará en contra de la ley de salida del default pero que juega con Pichetto para mantener la unidad del bloque. 
También fue invitada la plana mayor sindical: Hugo Moyano, Antonio Caló, Luis Barrionuevo. Con ellos el Gobierno busca todo el tiempo construir cercanía. Buena parte del capital político que está acumulando Macri tendrá que ser gastado para atravesar largos meses de dificultades económicas y sociales. A la dirigencia gremial le piden moderación en la discusión salarial de las paritarias. Los sindicatos ya presentaron su pedido de compensación: una ley que corrija las injusticias y distorsiones del impuesto a las Ganancias que pega sobre los salarios. En ese camino ya están andando unos y otros.
Al evaluar el impacto de la visita de Obama en la opinión pública, Marcos Peña consideró que sirvió para consolidar un estado de cosas ya existente, reflejado en las encuestas en las que cree el Gobierno. “Alrededor de un 70% de la gente quiere que nos vaya bien y cerca de un 30% piensa que está todo mal y espera que nos caigamos a pedazos”. Más allá de consideraciones porcentuales, es la misma grieta de antes. 
El cristinismo fue definido, aún en el poder, como una minoría intensa. Hoy, dice Peña, “es cada vez más minoría y cada vez más intensa”. Pero hay algo que al Gobierno lo tiene más alerta que la actividad agitativa del kirchnerismo duro, y es la postura de algunos de quienes suponían iban a acompañar el proceso de recuperación económica y restauración social que están convencidos de expresar. 
Hace un mes, el Gobierno tuvo que hacer malabarismos para explicar la frialdad en el encuentro entre el Papa y Macri en el Vaticano. Ahora, en plena visita de Obama, el arzobispo Víctor Manuel Fernández, rector de la Universidad Católica y percibido como un transmisor directo de las ideas de Francisco, publicó en el diario La Nación un artículo titulado “El otro lado de la grieta” que contrarió a la Casa Rosada.
Monseñor Fernández, quien ya había defendido la decisión del Papa de enviar un rosario a la detenida y enjuiciada Milagro Sala, escribió que mientras se habla de “unir a los argentinos” y de “promover la cultura del encuentro” –alusiones directas al discurso del Gobierno– “asombra ver en las redes sociales y en los foros de la prensa una inusitada violencia verbal”. Lo hace en referencia a la reacción, casi siempre airada, muchas veces aberrante, contra quienes critican al oficialismo desde una frontal postura kirchnerista.
“Imaginemos que las personas que son objeto de estos juicios reaccionaran con igual virulencia y advirtamos entonces el caldo de cultivo de formas de violencia mucho más peligrosas que las verbales”, señala con acierto monseñor Fernández. Quizá por razones de espacio, el rector de la UCA no haya mencionado en su artículo que esas mismas conductas agresivas y difamantes contra quienes piensan distinto fueron, durante muchos de los últimos años, alentadas y financiadas desde el Estado por el kirchnerismo.
Vale para todos: la memoria parcial, teñida de partidismo o de prejuicio, sólo garantiza la permanencia de la grieta que se dice combatir.
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