sábado, 9 de enero de 2016

Hambre cero y nutrición diez por Juan Llach

Hambre cero y nutrición diez

Juan Llach, Sociólogo y economista, ex ministro de Educación de la Nación
Al necesario programa del Gobierno contra la desnutrición habría que complementarlo con una mejora sustancial en la calidad de los alimentos que se consumen, algo que podría hacerse mediante la asignación por hijo
En su discurso inaugural, el presidente Mauricio Macri reafirmó el programa de Cambiemos en cuanto a lograr una Argentina con pobreza cero mediante políticas como el aumento del empleo formal, un nuevo pacto educativo, viviendas dignas y una ampliación de la asignación por hijo. Se trata sin duda de un objetivo ampliamente compartido por la sociedad argentina, aunque también difícil de lograr, dado que aun en algunos países desarrollados la pobreza, si bien muy baja, no es cero. Habrá que dar el tiempo suficiente para que las políticas mencionadas empiecen a rendir sus frutos, pero ya es importante de por sí ponerse nuevamente en camino. También parece conveniente desagregar el objetivo general en secuencias de logros parciales y mensurables por un Indec ahora confiable. El "hambre cero" bien podría ser la primera meta, porque es un escándalo que todavía haya personas que la sufran en uno de los principales países productores de alimentos. Convendría sin embargo integrarla en otra meta, más ambiciosa pero factible, de "nutrición diez" o, en todo caso, de una mejora sustancial de la nutrición.
Hay en nuestro país muchas y buenas organizaciones de la sociedad civil dedicadas a la nutrición desde distintos ángulos. La estudian y proponen políticas el Centro de Estudios para la Nutrición Infantil Alejandro O'Donnell (Cesni), el Observatorio de la Deuda Social de la UCA y el Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Alimentación (Cepea). Otras desarrollan acciones para combatir la desnutrición, sobre todo la infantil, tales como la Fundación Conin, la Red Solidaria, el Banco de Alimentos o la red Nutrición 10 Hambre Cero, cuyo nombre propuse en 2011 para enfatizar que, por bueno que hubiera sido el programa de hambre cero del Brasil de Lula, la Argentina debía aspirar también a una mejora sustancial de la nutrición. Hay también diversos programas oficiales nacionales, provinciales y municipales con una inversión total presupuestada en 2015 de 4200 millones de pesos, en la que por su importancia se destacan el Programa Nacional de Seguridad Alimentaria, los comedores escolares y, en menor medida, las huertas familiares.
Sin embargo, pese a todos estos esfuerzos, las estimaciones más confiables muestran que en la Argentina hay todavía un 6,4% de población indigente, que con sus ingresos no cubre la canasta alimentaria; un 14% de hogares con inseguridad de alimentación, es decir, riesgo cierto de no tener suficiente disponibilidad de alimentos; un 1,3% de chicos menores de 6 años con desnutrición aguda, y un 8% con desnutrición crónica. Estas deficiencias "cuantitativas" de alimentación, sin embargo, no son el único problema. Como vienen subrayando desde hace tiempo expertos como Sergio Britos y Esteban Carmuega, la calidad de la alimentación presenta también serias deficiencias, particularmente en frutas, verduras frescas, legumbres y lácteos, junto a excesos en azúcares, panificados, harinas y derivados y papas. No sólo hay, pues, desnutrición, sino también una malnutrición que genera importantes problemas de salud.
Pese al denso tejido de organizaciones sociales y a los programas oficiales que apuntan a reducir el hambre y la desnutrición, es necesario un salto adicional para llegar a los objetivos de nutrición diez y hambre cero. La eliminación de las retenciones y la unificación del tipo de cambio han sido decisiones correctas e inevitables tanto por los horrores de la herencia recibida -no reconocida aún por sus progenitores- como por la caída del precio internacional de nuestros productos y por la necesidad de poner en marcha a las agroindustrias, que son un eje central del crecimiento del país, de buena parte de su interior y de la provisión de divisas. Estas medidas conllevan un aumento del precio relativo de los alimentos que, sin nuevas medidas, puede dificultar los objetivos buscados.
Hay al respecto un camino hasta ahora no recorrido aquí sino en pequeña escala, por ejemplo en la provincia de Buenos Aires durante la gestión de Daniel Arroyo, propuesto recientemente en "Comer saludable y exportar seguridad alimentaria al mundo", un documento del Centro de Agronegocios de la Universidad Austral, la Facultad de Agronomía de la UBA y el Cepea.
Se trata de subsidiar selectivamente el consumo de alimentos mediante la asignación por hijo (AUH) y aun el sistema vigente de asignaciones familiares y con el uso de los mismos medios electrónicos, que limitan mucho el clientelismo. Así funciona el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria de los Estados Unidos, popularizado como food stamp, que apunta a mejorar la nutrición facilitando a los hogares de bajos recursos el acceso a una mejor dieta a través de los canales comerciales normales. En 2015 ha tenido un presupuesto de 84.000 millones de dólares y atendió a 47 millones de personas. Cabe destacar que este programa se inició en 1939, cuando el ingreso por habitante de los Estados Unidos era la mitad o menos del de la Argentina de hoy.
Son diversos los modos en los que podría implementarse nutrición 10, hambre 0. Podrían pagarse las AUH y las asignaciones familiares, total o parcialmente, con descuentos en los alimentos más nutritivos. El sistema podría ser obligatorio o total o parcialmente voluntario. Podrían otorgarse incentivos de modo tal que quien aceptara cobrar en descuentos sobre alimentos recibiera un poco más. Las combinaciones imaginables son muchas y seguramente los expertos en estos temas aportarían ideas más creativas que las mías. Me refiero por cierto a los nutricionistas, pero también a los productores de frutas, verduras, carnes, lácteos y alimentos preparados; a las redes locales de municipios y organizaciones sociales, que podrían aportar servicios complementarios, como la capacitación en la preparación de alimentos nutritivos; a los especialistas en comercialización y en pagos electrónicos, y a las cadenas comerciales, que podrían asociarse al programa no sólo como receptoras de los pagos con descuento -lo que debería ser obligatorio-, sino también con propuestas de abaratamiento más acentuado en los alimentos más nutritivos.
Por último, pero muy importante, un sistema así aumentaría el poder de decisión de los hogares -sobre todo de las madres, nobleza obliga- acerca de la alimentación saludable de sus hijos.
Sociólogo y economista, ex ministro de Educación de la Nación

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