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domingo, 27 de diciembre de 2015

Las enfermedades de la Argentina y el comienzo de un cambio por Jorge Lanata



Las enfermedades de la Argentina y el comienzo de un cambio

Jorge Lanata

Esta nueva etapa puede ser el inicio de algo distinto. Más allá de que el kirchnerismo haya dejado el poder, la transformación del país debe ser profunda.Pero los argentinos, ¿estamos dispuestos a trabajar para que esto suceda?
La grieta.
Este no es un cambio. Es el comienzo de lo que, quizá, sea un cambio. Los cambios no nacen del pensamiento mágico ni, mucho menos, se consolidan vertiginosamente; los cambios verdaderos son lentos e inciertos (“Aun cuando retrocedo, avanzo”, decía Marc Chagall). Estamos frente a un leve, tibio, escurridizo comienzo de un cambio. Acaba de dejar el poder, finalmente, la generación del setenta: en verdad, su peor versión, la de los que ejecutaban propiedades y se disfrazaron después. Como todo converso, los K exageraron los estereotipos hasta el paroxismo: la pelea a muerte entre Zamba y el Pato Donald. Fue patético verlos, desencajados, subiéndose al último tren; Carta Abierta fue el mejor ejemplo de la reumática juventud maravillosa repitiendo consignas vacías. El kirchnerismo representó a los setenta sin muertos, y quedó en esta década más claro que nunca que no tuvieron a la democracia como un fin, sino como un medio para hacerse del poder: escribanía legislativa, prensa condicionada, clientelismo.
Lo que en Néstor era la “avivada” de un pequeño caudillo del interior fue en Cristina el despliegue dramático de su enfermedad. Ella fue el Estado; el Pueblo y la Nación. A su alrededor, los ministros daban vueltas como perritos falderos. 
El poder K se construyó en base a dinero público, amenazas e ignorancia; si se los compara con los verdaderos años setenta, les faltó literatura: no tuvieron un siniestro ex policía y brujo autodidacta como López Rega, sino un ferretero maleducado acostumbrado a abultar las facturas como Moreno.
La imagen de los “chicos” de La Cámpora despidiendo a Cristina en la Plaza de Mayo daba tristeza; chicos que repetían un catecismo mentiroso con lágrimas en los ojos; Cristina peleando en vano contra el tiempo con el pelo largo como una adolescente y su cara de payaso embadurnada con botox. (Si a esta altura de la nota, usted se está preguntando qué considero parte de “los setenta”, debo aclarar que no es una cuestión meramente generacional. Por favor, responda “¿Usted es capaz de matar a una persona desarmada arrodillada en el piso?” Si la respuesta es positiva, de usted estoy hablando al mencionar a los setenta: de poseer el copyright de la verdad, de sentirse dueño del destino, y eventualmente de la vida de los demás).

Lo que, en estos años, llamamos “el relato” no fue más que la construcción del mito: el mundo dedicado a conspirar contra la Argentina; el Pato Donald, agente de la CIA; los medios entendidos como propaganda política de la división.
–Ustedes saben que hace más de veinte años que yo vengo a estas fiestas del Martín Fierro. Y nunca vi antes lo que ahora se puede percibir: cuando uno dice algo, otro silba o vivan a un tercero. No es muy violento, es casi imperceptible, pero está pasando. Creo que hay una división irreconciliable en la Argentina. Llamo “La Grieta” a esa división, y creo que la grieta es lo peor que nos pasa y que, incluso, va a trascender al actual gobierno. El Gobierno en algún momento se irá o vendrá su herencia: Máximo, Néstor Iván, o quien sea, pero después también se irán y la grieta va a permanecer, porque ya no es política sino cultural. Es una grieta cultural en sentido extenso, tiene que ver con nuestra visión del mundo. Ha separado amigos, hermanos, parejas, compañeros de laburo. Antes había gente, acá, que yo saludaba. Ahora hay menos. También había gente que me saludaba a mí, y ahora hay menos. Esta es la división, la historia de que quien está en contra es un traidor a la Patria. Y tenemos que poder estar en contra sin ser traidores a la Patria. La última vez que algo así pasó fue en los años 50 y aquella grieta duró cuarenta años. Creo realmente que todos somos la Patria, que todos somos el país, que nadie tiene el copyright de la Patria: la Argentina no es la marca registrada de ningún partido, de ningún movimiento, de ningún gobierno sea el que fuere. Nadie tiene, tampoco, el copyright de la verdad. Ojalá alguna vez podamos superar esta grieta, porque dos medias Argentinas no suman una Argentina, dos medias Argentinas son dos medias Argentinas. No suman una Argentina entera” –dije estas palabras en la entrega de los premios de APTRA del año 2012.

Es curioso lo que sucede con el público y las palabras; había usado aquella palabra “grieta” en dos oportunidades anteriores como títulos de distintos trabajos. Pero nunca antes había sido escuchada de tal manera. El Gobierno, de inmediato, salió a hablar del “amor”. Pero había quedado herido por su propia trampa.
Es inseparable la idea de setentismo con la de secta y estos fueron también los años del fanatismo: la grotesca entronización de Néstor y las comparaciones con Belgrano o San Martín, las discusiones por la instalación de las estatuas, la pelea con el pasado hasta que se acomodara por la fuerza con el presente, la Nueva y Verdadera Historia transformada en educación obligatoria.
Los argentinos vivimos como víctimas de la realidad, casi nunca nos preguntamos qué tenemos que ver con ella: ¿qué habremos tenido en estos doce años de kirchneristas?
“La peor, la más nociva, la más condenable de todas las personas actuantes en la superficie de la Argentina es la persona que ha sustituido un vivir por un representar. No se trata de un tipo universalmente común, sino de una especie muy nuestra de virtuoso social del fraude. Tras una apariencia de enciclopédico e instruido, sus sedicentes ideas son muchas y su creencia ninguna. Toda su actuación es un accionar; aun cuando piensa, acciona” –escribió Eduardo Mallea cuando el kirchnerismo ni siquiera era un proyecto. 
La “representación” K fue una supuesta “revolución” que incluyó clientelismo, capitalismo de amigos y la política exterior de un simio en estado de coma.
El setentismo real había estado cubierto de lo mismo: llamaba “proletarización” a la excursión de un militante de clase media por un trabajo de la clase obrera; “recuperación” (para el pueblo) al robo de la fortuna de un burgués; “reeducación” a las clases coercitivas de la Revolución Cultural china en un campo de concentración.
En todos los casos, estereotipos que de tan infantiles hoy mueven a risa: todo pobre es moralmente bueno por definición, todo rico es igualmente malo, el mundo está dominado por diez ancianos reunidos en un cuarto de hotel (llámese aquel hotel Fondo Monetario, Imperialismo, Banco Mundial o el Norte) que están atentos al desarrollo del mercado paralelo del dólar en la Argentina o al precio de la mandioca en Paraguay. 
“Garay genocida” leí en estos años escrito en un monumento cercano a la casa de Gobierno. “Devuelvan a los nietos” le gritaban en los camiones de exteriores a los técnicos de Canal Trece.
Por haber dicho “Paren de robar con los setenta (…) Me tienen harto con la dictadura”, yo mismo fui comparado con Videla y Massera. Los organismos de derechos humanos mientras tanto se corrompían como nunca antes: el plan de viviendas Bonafini-Schoklender; Carlotto Junior como funcionario político; muchas de las víctimas de la dictadura vendiendo su memoria al mejor postor.
En estos doce años, desaparecieron los hechos: el periodismo se transformó en una cuestión de fe. Escribo estas líneas en una computadora, si ustedes piensan que las escribo en una roca, la discusión es imposible de llevarse a cabo. Así sucedió con la mayoría de los hechos: Boudou nunca quiso quedarse con la Casa de la Moneda; Felisa Miceli nunca dejó una bolsa con miles de dólares en su baño del Ministerio de Economía; Milani nunca apareció mencionado en el “Nunca Más” de La Rioja; Lázaro Baez, Fariña y Elaskar nunca lavaron dinero del matrimonio presidencial. Nisman se mató la noche anterior a dar el discurso de su vida por el que había trabajado durante diez años. El fanatismo cuenta con un aliado previsible: el miedo; y el anterior Gobierno contó con él.
–Tengo miedo de que me rayen el auto–, me dijo en el cuarto piso del canal un cómico muy popular, excusándose por no aceptar un trabajo en el primer año de “Periodismo para Todos”. Esa excusa miserable y banal también valió, en estos años, para los grandes empresarios argentinos que resignaron su dirigencia y eligieron seguir sus negocios con el Estado al costo que fuera.
En 1959, Eugène Ionesco escribió “Rinoceronte”, una brillante metáfora sobre el nazismo; a lo largo de tres actos se ve como cada uno de los habitantes de un pueblo francés se convierten en rinocerontes. El testigo que lo relata es Berenger, un tipo común, un poco alcohólico, el único ser humano que no desarrolla la metamorfosis. Muchos nos sentimos como Berenger en estos años, hartos de no poder pensar en paz.
Finalmente advertimos que aquellas sombras en el techo no eran nada; no había nada, sólo había una viuda desequilibrada, temerosa de ser arrancada de su sillón y enfrentada a la vida corriente. Había, también, chicos de La Cámpora preocupados por su puestito de veinte lucas, actores que veían partir su bolo, porteros de la cultura que disminuían su pequeño poder estatal. Quizá en algunos años, aunque la grieta subsista, el kirchnerismo sea el recuerdo de un mal trago. Pero y en este país donde una señora del Norte me dijo, mostrándome a su hijo, “Tiene hambre de agua”, ¿eso alcanza?
Es mucho lo que tiene que cambiar y tardará mucho en cambiarse. En Argentina cambió la dirección del viento; se han tomado en estos días medidas muy acertadas y otras equivocadas, como el nombramiento por decreto de dos ministros de la Corte Suprema de Justicia, seguramente legal pero poco ético. La presión de la oposición y la opinión pública logró revertirlo; me gusta que los gobiernos reconozcan sus errores, pero más me gusta que no los cometan.

Lo que bien podría llamarse “enfermedades fundamentales de la Argentina” están vigentes y llevará tiempo cambiarlas: los argentinos gastamos más de lo que ganamos; pedimos dinero prestado en el exterior cuando las fortunas no declaradas superan a la deuda externa; actuamos como si el Estado fuera de nadie y no de todos; somos de tropezar varias veces con la misma piedra. Creemos que somos lo que queremos ser (¿tengo que aclarar que no? No somos lo que queremos o podemos ser, somos lo que somos ahora). 
¿Estamos, todos, dispuestos a trabajar para que esto cambie? ¿Podríamos impulsar un cambio cuyos resultados no vamos a ver? ¿Haríamos algo que no fuera por nosotros mismos? Creo que de eso se trata un país. Y por eso este no es sino el comienzo de un cambio; depende del paso del tiempo; de nuestro trabajo y de nosotros mismos que el cambio se produzca. 

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