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sábado, 7 de noviembre de 2015

Los que matan por Enrique Pinti

Los que matan

Nadie es capaz de evaluar qué pasa por la cabeza del asesino femicida; somos cajas de Pandora, misteriosos laberintos deformantes
 
Si tuviéramos la misma claridad, el buen criterio y el equilibrio interno que ostentamos cuando juzgamos los comportamientos erróneos de los otros en el momento de cometer nuestros propios desastres ¡qué distinta y placentera sería nuestra vida!
Seguramente cuidaríamos más celosamente nuestra salud física y mental, no nos someteríamos a operaciones estéticas dolorosas, riesgosas y finalmente inútiles desde todo punto de vista, no emitiríamos opiniones sin tener todos los antecedentes del caso, no condenaríamos ni absolveríamos livianamente actitudes, conductas y maneras de vivir, sabríamos no hablar a destiempo, callar a tiempo y no juzgar a los otros con nuestra propia vara sino tratar de ponerse en el lugar del prójimo sin la soberbia de creer que las cosas deben ser vistas y juzgadas desde la propia perspectiva.
Es demasiado pedir lograr este equilibrio pero como todo lo aparentemente utópico la búsqueda de esa perfección vale la pena como actitud de vida. Al enterarnos de los crímenes horrorosos que se comenten todos los días aquí y en el mundo, cuando presenciamos en directo o por medio de las imágenes que van desde bloopers graciosos a sanguinarias reacciones del odio, la intolerancia, la ferocidad de las justicias por mano propia, el maltrato a niños, animales y ancianos indefensos hasta la violencia incontrolable por problemas de tránsito y reyertas entre vecinos por ruidos molestos, ahí tomamos conciencia de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. Cuando por causas muchas veces inexplicables se nos cae la máscara de la normalidad y perdemos la razón pasando a una sinrazón que puede está ahí latente y disimulada durante una gran parte de la vida.
Nadie es capaz de evaluar qué pasa por la cabeza del asesino femicida que pertenece a una clase social de muy bajo nivel de educación, nacido y criado entre la mugre y la pobreza, enceguecido por el alcohol y las drogas baratas y letales ni mucho menos entender al millonario exitoso nacido y criado en ambientes refinados, con todo lo material a su alcance, educado en colegios prestigiosos, con éxitos resonantes en lo profesional, deseado por chicas fáciles y casado con señoras distinguidas, que termina asesinando a puñaladas de la misma forma que el supuesto inadaptado social resentido y analfabeto.
 "No sólo matan los femicidas de la villa y el country. También, los que hambrean a los pueblos, los que mienten con promesas electorales"
Somos cajas de Pandora, misteriosos laberintos de espejos deformantes como aquellos con los que jugábamos de pequeños en los parque de diversiones y que nos devolvían imágenes grotescas que nos hacían parecer altos, gordos, flacos, cabezones, enanos o gigantes. Éramos nosotros en dimensiones absurdas, provocativas, ridículas, grotescas y monstruosas.
Detrás de aquellas imágenes estábamos con nuestra normalidad proporcionada, civilizada y corriente. Era un gran alivio al salir de aquellos laberintos ir al baño público del parque y constatar en el espejo normal que seguíamos siendo la persona que creíamos conocer a fondo. Pero la cosa no es tan sencilla como parece, el monstruo acecha, la locura está a la vuelta de la esquina y solo el sentido común, la tendencia al bien que anida en nuestro espíritu puede domesticar la fiera, puede ocultar y eclipsar la luna llena que despierta al hombre-lobo y desafilar el colmillo draculeano sediento de sangre humana para sobrevivir. Y es ese sentido común, es esa bondad que está en todos los seres humanos donde está radicada la esperanza de un mundo menos horroroso. No sólo matan los femicidas de la villa y el country, también lo hacen y con mayor saña los que hambrean a los pueblos, los que amordazan a los disidentes pacíficos y los que mienten desde las promesas electorales.

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