domingo, 8 de noviembre de 2015

El plan agazapado de la reina y el país de la canilla libre por Jorge Fernandez Díaz

El plan agazapado de la reina y el país de la canilla libre


El kirchnerismo de paladar negro muestra en privado un sospechoso derrotismo electoral. Ese raro fatalismo desciende desde lo más alto de la pirámide e irradia a una tropa doliente, conminada a participar de la lacrimógena campaña del miedo, a trozar papeles comprometedores, a armar los petates y a prepararse para abandonar la casa.
Es insólito que ya den por perdido a Daniel Scioli; objetivamente, el gobernador mantiene todavía buenas chances de vencer en segunda vuelta. Otro extraño sentimiento que se derrama sobre la tropa cristinista consiste en un desprecio rayano con el odio hacia su propio candidato presidencial, y eso se filtra cada tanto a la opinión pública para escándalo de los peronistas. Que prometen venganzas. Todos presienten el nuevo plan de la patrona de Balcarce 50, que precisará de un chivo expiatorio color naranja para zafar de la responsabilidad histórica de haberle hecho perder al peronismo su mítico bastión. Si Cambiemos gana el ballottage, ella intentará probar que no perdió y que el desastre fue responsabilidad exclusiva del sciolismo. A continuación, buscará esterilizar las rebeliones internas, ser la jefa de la oposición, negociar causas judiciales a cambio de gobernabilidad e instalar la idea de que "con Cristina estábamos mejor". El pánico ultrakirchnerista le dibuja un helicóptero en la frente a Mauricio Macri: muchos de sus militantes conspirarán desde el primer día y lo harán bajo la coartada de estar llevando a cabo una "heroica resistencia" contra la "derecha".
Ese relato agazapado tiene dificultades. Cristina logró adaptar la realidad a sus deseos, pero siempre lo hizo gracias a la chequera. Y en el movimiento de Perón forman fila para reemplazarla después del 10 de diciembre; bajo su conducción -recuerdan- el peronismo perdió tres veces en la provincia: De Narváez, Massa y Vidal la doblegaron. Las primeras dos fueron graves advertencias pésimamente evaluadas; la tercera fue la vencida: se perdieron el castillo, el territorio y la caja. Una hecatombe. El asunto de la "derecha" es también problemático. El 90% de los argentinos se considera de centro. Eso explica por qué ninguna fuerza puede triunfar si no encarna un centrismo inclasificable: peronismo, radicalismo y macrismo tienen, en ese sentido, la misma característica. Que es un signo netamente nacional y que desconcierta tanto a los observadores extranjeros. Aquí todos comparten hoy la idea de un desarrollismo con matices, y sólo discuten su praxis. Frondizi triunfó, y será difícil que alguien saque los pies de ese plato. Si estos cirujanos heterodoxos acertarán y si el paciente entenderá su enfermedad crónica, es harina de otro costal.
La campaña del miedo tuvo como mérito iluminar el pavoroso campo minado de una sociedad clientelar extendida. Esa vasta geografía es como el conurbano; se lo puede dividir en cordones. En el primero de ellos están, por supuesto, los funcionarios y los militantes rentados. Son cientos de miles y temen ahora el brusco desempleo. Salir al mundo real, después de doce años de canilla libre, es un shock. Para esta burocracia política la "emancipación" quedó reducida en dos semanas a la revolución por el despacho y la secretaria. También se han acostumbrado al calorcito del poder lúmpenes de toda laya, que han sido prohijados por distintos organismos y organizaciones. Muchos son especialistas en extorsión callejera y algunos incluso tienen portación de armas para "defender el proyecto". Allí se han sembrado vientos y hay peligro de tempestades.
Ciertos habitantes del Estado lloran y pronostican por las redes las siete plagas que nos arrasarán si gana Macri. Los ayudan en esa generación de solidaridad y de psicosis colectiva los integrantes del segundo cordón, donde hay científicos, profesores, periodistas, artistas de variedades y contratados diversos que han sido beneficiados por cargos y subsidios caudalosos. Parece improbable que las pesadillas profetizadas se vuelvan realidad, pero la sobrerreacción desnuda también que aquí todo el mundo cree merecer lo que tiene y que nadie se siente en el deber de dar explicaciones al contribuyente sobre su rendimiento. El Gobierno invirtió en ciencia, técnica, cultura y educación, lo cual es muy encomiable. Pero jamás midió la contraprestación. El caso más flagrante es el educativo, donde a pesar de los millones que llovieron se registró una desesperante degradación de la escuela pública. Estos fallidos se verifican en otros ámbitos, siempre libres de inspección: si un gobierno quisiera hoy mejorar un hospital sería de inmediato denunciado por ser enemigo de la medicina. Esta clase de grotesca extorsión conceptual hizo que durante esta década muchos agentes directos o indirectos de la administración pública ganaran bien y a la vez que el Estado fuera profundamente deficiente, causa fundamental por la cual los más humildes cancelaron el ciclo peronista en la provincia de Buenos Aires.
La propensión a entregar fondos y a desatender la gestión en círculos de elite revela la verdadera intención política: formar un clientelismo intelectual. Que ponga la cara por su benefactora en los momentos cruciales y que predique en su nombre. Defienden un modelo que no sacó a los pobres de la pobreza, sino que los cristalizó en ella con dádivas y dependencia. La Argentina prebendaria consiste en repartir muletas con el sello Presidencia de la Nación, pero jamás enseñarles a caminar libremente a los ciudadanos. No es negocio. Y esa modalidad de adictos a la teta estatal con fantasías de abstinencia alcanza también el tercer cordón, donde hay clientes apolíticos del medio pelo e incluso de las clases más acomodadas: a unos se los ha incentivado para que no ahorren y a otros se les ha subvencionado el consumo para que vivan en la plata dulce. Estos últimos han viajado mucho durante estos años. Son, imaginariamente, los que climatizan sus piscinas con gas subsidiado, les importa un bledo el precio de las garrafas y pondrán el grito en el cielo si alguna vez les aumentan las tarifas. Burdos príncipes de diversa índole que defienden sus privilegios. Cristina los "empoderó" también a ellos, que estos días andaban histéricos con las campañas sucias, que les gritaban a sus parientes y amigos si éstos optaban por el cambio y que propagaban múltiples delirios: homófobos de toda la vida, algunos de ellos estaban ridículamente preocupados porque habían leído en Facebook que Macri daría marcha atrás con el matrimonio igualitario.
No hay consciencia de que una vez más la Argentina vivió por encima de sus posibilidades. Que desde 2001 nos endeudamos en un equivalente a 100.000 millones de dólares, que no nos quedan reservas en el Banco Central y que Cristina lega un rojo fiscal como el que nos regaló Galtieri después de las Malvinas. Nada de eso importa. El dinero del Estado lo pone Dios y por lo tanto es infinito. 
En los noventa nos hiperendeudamos para no ver esta realidad, y hoy emitimos y despilfarramos irresponsablemente con aquel mismo negacionismo imbécil. Campea ahora, como si no hubiéramos aprendido nada, un pensamiento mágico según el cual Scioli puede evitar el destino de Dilma y mantener el dispendio. Y en la vereda de enfrente, también cunde un pensamiento mágico según el cual Macri logrará prender de pronto la luz de la República y todo se resolverá milagrosamente. Debemos cuidarnos mucho de nosotros mismos.

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