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domingo, 3 de mayo de 2015

Boudou, prenda de canje por Nisman por Eduardo van der Kooy

Boudou, prenda de canje por Nisman

Trama política
La suerte del vicepresidente parece echada. Aunque el desenlace suceda cuando deje el poder. Cristina sólo quiere terminar con el caso del fiscal muerto, y sus causas de corrupción.
Cristina Fernández parece haberle encontrado una solución a Amado Boudou. No sería la mejor para el vicepresidente: a su aislamiento político, interno y externo, le acaba de sumar el izamiento de redes de protección que el kirchnerismo había lanzado sobre la Justicia. En el verano del 2012 estalló el escándalo Ciccone. También despuntó la tremenda ofensiva del Gobierno contra el Poder Judicial.
La última semana naufragó una de las últimas esperanzas del vicepresidente. El fiscal ante la Cámara de Casación Penal rechazó las apelaciones presentadas por su defensa contra el procesamiento dictado por Ariel Lijo. El juez lo acusó por violación de los deberes de funcionario público, negociaciones incompatibles y presunto pago de coimas. Boudou se encamina sin remedio hacia el juicio oral.
El funcionario que le dio este último empujón fue Javier De Luca. El mismo fiscal que hace un puñado de días enterró la denuncia de Alberto Nisman por presunto encubrimiento terrorista contra la Presidenta y Héctor Timerman, por el atentado en la AMIA y la firma del Memorándum de Entendimiento con Irán. Se trata de uno de los más conspicuos integrantes de Justicia Legítima, de identidad K , que en los trágicos días de enero opinó que la misteriosa muerte del fiscal no se resolvería –como sucede– “porque se movía en un mundo de gente muy complicada”.
Nadie podría suponer que De Luca tomó la decisión que tomó sobre Boudou sin una venia de la Casa Rosada. Junto a Miguel Osorno, compone el dúo más fiel a la procuradora general, Alejandra Gils Carbó. Son los encargados de delinear habitualmente las estrategias jurídicas de las cuestiones de coyuntura complejas. Tiene en los fiscales Juan Pedro Zoni y Leonel Gómez Barbella a las espadas mejor dispuestas.
De Luca está lejos de desentenderse del caso Nisman luego de haber desechado su denuncia. El juez Rodolfo Canicoba Corral solicitó a la Unidad de Información Financiera (UIF) que requiera en Estados Unidos y Uruguay información sobre supuestas cuentas bancarias a nombre de la madre y la hermana del fiscal muerto, Sara Garfunkel y Sandra, y de Diego Lagomarsino, el técnico informático que prestó su arma a la víctima. Para no perder tiempo se resolvieron utilizar dos vías. Los exhortos directos con aquellos países a través de los organismos antilavado. Además, los exhortos diplomáticos. Esa celeridad contrasta con la pereza con que, ante esas misma naciones (más Suiza), se tramitan las denuncias sobre lavado de dinero que involucran a Lázaro Báez. En el caso de Uruguay y Suiza, aquellos exhortos nunca lograron atravesar el filtro de la Cancillería. La UIF, de José Sbatella, anunció que aquellas cuentas podrían estar vinculadas a los fondos buitre. El fiscal Zoni ya está dedicado a la pesquisa. Los movimientos judiciales encajan a la perfección, por casualidad o no, con el último relato de Cristina que pretende enlazar la denuncia de Nisman con la acción de los usureros por el pleito que mantienen con el Gobierno.
Tanto empeño colocado en el episodio del fiscal muerto habría acotado las posibilidades de De Luca frente a la presentación de Boudou. Convergerían, a propósito, razones personales y políticas. Al fiscal de Justicia Legítima le habrían impactado mucho, por ejemplo, los trastornos de convivencia ciudadana que afectan a Jorge Ballestero. Es uno de los jueces (el otro fue Eduardo Freiler) que votó en contra de la apelación de German Moldes contra la desestimación de la denuncia de Nisman. Estaría incómodo en el barrio privado donde vive. De Luca tendría, en ese aspecto, una ventaja. Es un vecino más de la zona de los bosques de Palermo. Tampoco aún demasiado conocido. No desearía echar por la borda, por otro lado, una carrera judicial que inauguró en abril de 1980 y que tuvo casi todas las escalas. El fiscal sabe que al kirchnerismo puro, en el mejor de los casos, le quedarían sólo ocho meses de poder.
Siguiendo el derrotero de las causas de Nisman y de Boudou podría observarse un paralelismo llamativo entre lo actuado por De Luca y la Sala I de la Cámara Federal. En ambos casos existieron fallos tendientes a borrar del mapa la denuncia del fiscal muerto y a desproteger al vicepresidente. Tal vez, la prenda de canje para salvar a Cristina y no incinerar a los funcionarios de la Justicia.
Los puntos de partida de ambas causas también fueron diferentes. La denuncia por encubrimiento terrorista contó con un rotundo rechazo en las dos primeras instancias judiciales, pese al aval de los fiscales Moldes y Gerardo Pollicita. Lijo encontró demasiadas razones en el escándalo Ciccone para profundizar la investigación y dictar el procesamiento del vicepresidente y varios de sus socios. Sufrió presiones del poder aunque supo resistirlas. ¿Cómo seguirá ahora después de la certeza brindada por De Luca? Antes que Boudou pueda sentarse en el banquillo debe completar todavía varias medidas de prueba. Y no sería, como la mayoría de los jueces, ajeno a los tiempos que corren: el proceso electoral en la Argentina tiene ya los motores rugiendo.
La denuncia y la muerte de Nisman tuvieron para Cristina un costo social que en apariencia –según las encuestas– ha logrado, con sus múltiples maniobras, remontar. Pero dejó un lastre ilevantable en el Poder Judicial. De allí la suerte adversa para Boudou. También, el fracaso para lograr apartar a Claudio Bonadio de la causa Hotesur. La empresa que administra una cadena hotelera en El Calafate propiedad de la familia Kirchner. Uno de los magistrados que votó por mantenerlo vaciló luego de los llamados reiterados de Carlos Zannini, el secretario Legal y Técnico. Pero habría terminado de convencerlo la onda expansiva de desencanto que, luego de la muerte de Nisman, produce en la opinión pública cada fallo importante relacionado a denuncias de corrupción que favorece al Gobierno.
Cristina estaría ahora más ocupada en esas batallas contra la Justicia que en la campaña electoral y el destino de sus herederos. Por ese motivo sus embates contra la Corte Suprema y contra Ricardo Lorenzetti. El titular del máximo Tribunal fue clave para la unanimidad con que resultó rechazada la nominación de los conjueces que el Gobierno pretendía utilizar, con un dispositivo tirado de los pelos, para llenar esa Corte con hombres leales. La Presidenta tampoco ignoraría que cada pronunciamiento del Tribunal se derramaría como una señal de respaldo para los magistrados dispuestos a accionar contra el poder. La exhortación de Lorenzetti sobre que los jueces están “para poner límites al gobierno de turno” le pareció un abuso. Justamente a ella, que desprecia cualquier límite.
Aquella ausencia presidencial va modelando dos fenómenos en la campaña. Sus candidatos, en especial Daniel Scioli, circunscriben sus estrategias sólo a la publicidad. Sus palabras suelen ser un calco de las de Cristina. Ante el menor desliz, se rectifican. La oposición pregona un fin de ciclo pero prescinde de referencias críticas a la Presidenta. Recién en los últimos días Mauricio Macri se atrevió a augurar que si “gana Scioli gobernará ella”. Los opositores están obligados a un severo desafío: deben construir una alternativa de poder en medio de un calendario electoral desgajado. La primera votación arrancó en abril. La última podría ser, si se arriba a un balotaje, el 22 de noviembre. Un reflejo, a lo mejor, del estado en que se encuentra la política argentina.
Las cinco primeras elecciones realizadas (cuatro primarias y una general) no alcanzarían para delinear ningún horizonte seguro. El kirchnerismo sólo se impuso hasta ahora en Salta. También en el 2011 había caído en Capital, Santa Fe y Neuquén, como ahora. La única diferencia sería Mendoza, donde una coalición de Macri, los radicales y Sergio Massa reunieron más votos que los K.
Pareciera innegable, sin embargo, que la victoria de Macri en la Ciudad, con Horacio Rodríguez Larreta de discípulo, habría afianzado las posibilidades del líder del PRO. Pero resta la última palabra del comicio general en el distrito. Ese clima político, aunque inestable, suele potenciar siempre las expectativas de los candidatos. Macri aventuró que ya tendría su compañero de fórmula, algo sobre lo cual hasta los propios macristas dudan. Anunció que Massa sería su límite para el sistema de alianzas que trama.
El diputado renovador pugna por disolver aquel clima político que instalaron las primeras elecciones. Selló un acuerdo para una interna con José Manuel de la Sota. Realizó en Vélez un acto multitudinario que mechó imágenes de peronismo clásico con otras coloridas de política espectáculo. Exhibió un discurso más severo que otras veces, que pareció correrlo del centro político que pregona. Si su objetivo fue reinstalar su candidatura, lo habría logrado. El dilema sería desde ahora cómo seguir. Para extender su influencia bonaerense al campo nacional. ¿Terciar en la interna de Macri con Ernesto Sanz y Elisa carrió?
El líder del PRO se resiste porque teme un quiebre con los radicales y la dama. Aunque sabe que su yunta con el diputado renovador fue la llave que permitió en las legislativas del 2013 sepultar el proyecto de eternización de la Presidenta. Separan todavía a ambos dirigentes recelos personales y desconfianzas políticas. Sobre esa grieta iría construyendo su gran ilusión Scioli. También Cristina.

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